Autor: Johans Aravena Mery
Valparaíso, 12 de enero del 2022
El 11 de septiembre de 1973, el gobierno liderado por Salvador Allende fue abruptamente derrocado mediante un golpe militar ejecutado por las Fuerzas Armadas de Chile, inaugurando una era de dictadura militar que se prolongaría hasta 1990. A lo largo de estos años, se llevaron a cabo detenciones, torturas y ejecuciones, acumulando cifras que ascienden a más de 30 mil personas torturadas y 3 mil asesinadas o desaparecidas, cuyos destinos, hasta el día de hoy, permanecen inciertos.
Valparaíso, ciudad portuaria de vital importancia y cercana a la capital, desempeñó un papel crucial en la ejecución del golpe. Fue en este lugar donde se iniciaron los acontecimientos que culminaron con el bombardeo al Palacio de La Moneda y donde, durante los primeros días, la Armada detuvo a miles de ciudadanos en varios buques bajo su dominio.
Ubicada aproximadamente a 30 minutos en vehículo al sur del centro de Valparaíso, se halla Laguna Verde, una localidad que, administrativamente, pertenece a la comuna de Valparaíso. Este lugar se distingue por la exuberancia de sus paisajes, sus playas y la serenidad que lo caracteriza, elementos que han sido citados por los nuevos residentes como razones fundamentales para trasladarse desde la ciudad y establecerse en este pueblo.
Históricamente, su principal eje económico ha sido el sector energético, marcado por eventos significativos como la inauguración de la Central Hidroeléctrica El Sauce en 1908 y el inicio de las operaciones de la Central Termoeléctrica de Chilectra en 1929, ambas destinadas principalmente a suministrar energía a la ciudad portuaria. Estos factores podrían hacer pensar, a primera vista, que se trataba de un lugar estratégico para ser controlado por las FFAA durante los primeros días del golpe.
En la actualidad, prevalece una notable falta de conocimiento, incluso entre sus propios habitantes, sobre los eventos ocurridos durante ese periodo. Esto no solo se debe a la falta de documentación, sino también al recelo existente dentro de la comunidad respecto a discutir sobre esa época. Los nombres de los laguninos que fueron detenidos y torturados durante la dictadura parecen hoy ocultarse tras la apacible imagen que proyecta este lugar idílico. Laguna Verde, percibida por muchos como un paraíso natural, fue durante los primeros días del golpe, testigo del horror y la injusticia experimentados por sus habitantes.
Vecinos unidos por el golpe
Leonardo Amador, de 66 años, ha residido la mayor parte de su vida en la localidad de Laguna Verde. Se ha destacado como líder en diversas organizaciones de la comunidad, incluyendo la Junta de Vecinos N°137, donde su firmeza para luchar por beneficios y progresos para la comunidad ha sido notable. Actualmente, habita en la zona de Villa Edén Alto, que en su momento fue parte del campamento de trabajadores de la Termoeléctrica.
Por otro lado, Roberto Vidal, de 77 años, pertenece a una de las familias más antiguas de Laguna Verde. Vivió en el lugar hasta los 29 años y regresó a los 40. Hoy, reside en el casco histórico, a menos de una cuadra del retén de carabineros, disfrutando de días generalmente tranquilos. En esta ocasión, tras muchos años, se muestra dispuesto a compartir sus experiencias.
Ambos, Leonardo y Roberto, comparten un amor incondicional por Laguna Verde. Al dialogar con ellos, rememoran con melancolía la localidad de antaño, la comunidad que se forjó, las tardes dedicadas al fútbol y las exploraciones por el bosque junto a amigos de la infancia y adolescencia. Además, comparten una historia laboral en la Termoeléctrica, siendo para Leonardo un empleo que lo acompañó durante casi toda su vida.
Pero existe un hecho que, más allá de lo previamente mencionado, los unió y marcó sus vidas de manera indeleble: ambos fueron parte del grupo que fueron detenidos el 11 de septiembre de 1973. Tras ser apresados en Laguna Verde, posteriormente, los trasladaron a Valparaíso, donde permanecieron cautivos durante los primeros días del golpe de Estado en el buque Maipo. Se convirtieron en los primeros detenidos de la localidad y estuvieron, en promedio, cinco días privados de libertad.
Laguna Verde en la década de los 70
Durante esta época, la vida en el pueblo de Laguna Verde giraba predominantemente en torno al campamento de trabajadores de la Termoeléctrica, propiedad de la Compañía Chilena de Electricidad Limitada (Chilectra), una empresa estatal de energía que, tras el golpe de Estado, pasó a manos privadas.
El campamento era comparable a los sitios mineros del norte de Chile, ya que la empresa proporcionaba a sus trabajadores y familias una variedad de servicios y facilidades, como viviendas, un policlínico, escuela, áreas de recreación y tiendas para abastecerse, eliminando así la necesidad de viajar a la ciudad. El acceso al campamento estaba restringido por un portón frente al retén de carabineros, permitiendo la entrada únicamente a los residentes. En esa década, aproximadamente 160 trabajadores de la empresa, en su mayoría acompañados por sus familias, residían en dicho campamento. Había viviendas adecuadas para las familias, asignadas de acuerdo con el número de integrantes, así como habitaciones para los trabajadores solteros.
En aquel entonces, existía una brigada de las Juventudes Comunistas, denominada Floricio Méndez, en homenaje a un antiguo vecino comunista del sector. Su actividad principal consistía en pintar propaganda política en diversos sectores de la cuesta y el pueblo, haciendo alusiones a la Unidad Popular y a la figura de Salvador Allende. Leonardo Amador, quien en 1973 tenía 18 años, era uno de sus miembros y describe aquella época de activismo como algo sano: “Éramos un grupo muy unido, trabajamos mucho en ese periodo”.
Por otro lado, Roberto Vidal, aunque no era militante, reconoce que participaba en ocasiones en las jornadas de rayado para los candidatos de la época. Es en este punto cuando recuerda a algunas personas que compartieron con él esas actividades: “Ellos decían que la Armada los echó, pero era solo para despistar, estaban activos, y así como estaban aquí, estaban en Ventanas (un complejo termoeléctrico similar al de Laguna Verde, ubicado en la localidad de Las Ventanas). En todos los lugares donde Chilectra tenía presencia, estaban investigando”.
Roberto y Leonardo: dos perspectivas del golpe en Laguna Verde
Roberto, con 29 años, había comenzado su turno de 12 horas el día anterior. Al salir de la central a las 7 de la mañana, se dirigió a su hogar ubicado a las afueras del campamento, en la calle Ramón García, donde vivía con su abuela, hermana y prima. Su recorrido en bicicleta no tardaba más de quince minutos. Durante el trayecto, se cruzó con marinos, una vista común para él, ya que era habitual que realizaran ejercicios militares en la localidad. A las 11 de la mañana, su abuela lo despertó, indicándole que necesitaban un reemplazo en la central. Se alistó y se dirigió al trabajo, aún sin conocer el golpe de Estado en curso en el país.
Por otro lado, Leonardo ingresó temprano a la central ese día y, al llegar, comenzó a escuchar rumores sobre los acontecimientos en Santiago. Con el paso de los minutos, los trabajadores, comprendiendo que se estaba intentando dar un golpe de Estado, se reunieron en el sindicato de trabajadores, situado junto a lo que era la Escuela de Laguna Verde en ese entonces.
Allí, escuchando la radio, comprendieron que el golpe era inevitable. Oyeron el último discurso de Allende, antes de que la radio fuera silenciada y no se supiera más de él. Posteriormente, las noticias radiales llegaban esporádicamente, informando sobre los acontecimientos en el país y las órdenes que la Junta Militar estaba imponiendo para restringir ciertas libertades.
Pasadas las 11 de la mañana, Leonardo Amador se dirigió a la termoeléctrica y recuerda: “Llegué a la planta con ímpetu, con una fuerza, que no iba a permitir que las fuerzas armadas llegaran y se metieran en los puestos, pero ya tenían todo tomado, todo controlado”. La Armada había enviado un batallón y tenía marinos distribuidos en las diferentes entradas de la Central, además de puntos de resguardo en zonas estratégicas de la termoeléctrica para prevenir posibles sabotajes. Durante la jornada, el trabajo en la central continuó de manera silenciosa, con solo comentarios esporádicos sobre lo que estaba sucediendo, sin generar agrupaciones. Mientras los trabajadores reunidos en el sindicato seguían escuchando las noticias, las camionetas de la Armada patrullaban a distancia, sin realizar detenciones ni entablar conversaciones directas con ellos.
Una vez asumida la caída del gobierno de Allende, los trabajadores se dirigieron a sus hogares a almorzar. Ya en la tarde, un grupo de jóvenes se reunió en la garita de buses para seguir escuchando noticias y dialogar sobre los posibles acontecimientos futuros. Entre conversaciones, las horas pasaron y llegó la noche. Se dirigieron a las piezas de soltero, donde continuaron conversando sobre la situación. Leonardo Amador estaba entre ellos y recuerda cómo esa jornada de análisis fue acompañada por la Cantata de la Santa María de Iquique y las canciones de protesta de la época.
La Noche de las detenciones en Laguna Verde
Cerca de las 9:30 de la noche, el grupo de jóvenes, que se había reunido en las piezas para solteros, decidió concluir la jornada y dirigirse a sus respectivos hogares. Comenzaron a salir paulatinamente, desconociendo que, frente a las casas, carabineros estaban apostado para controlarlos. Al salir, fueron detenidos, justificando la acción por la infracción al toque de queda recién impuesto.
Laurencio Vial y Leonardo Amador fueron los últimos en abandonar el lugar. Mientras caminaban, un grito resonó en la oscuridad: “¡Deténganse o disparamos!”. Laurencio, imperturbable, sugirió a Leonardo continuar caminando, argumentando que no tenían motivos para ser blanco de disparos. Leonardo recuerda que le dijo a su compañero: “Yo me voy a parar aquí. Si quieres, tú sigue, pero yo voy a parar porque creo que van a disparar. Están decididos a hacerlo, no pienses que no lo harán”. Ambos se detuvieron y fueron arrestados, siendo conducidos al retén de Laguna Verde.
A esa hora, Roberto Vidal concluía su turno y, antes de ir a casa, se dirigió a Villa Edén Alto para retirar dinero que su tío le guardaba, el cual estaba destinado para la compra de un terreno y una nueva vivienda. Finalizado el trámite y aún ignorante del golpe de Estado, bajó por el camino que conduce a la calle donde se ubicaban las piezas para solteros, hoy reconocido como un espacio que albergar diversos servicios, como la Delegación Municipal y la Farmacia Popular.
Leonardo recuerda que, mientras caminaban esposados hacia el retén de carabineros, uno de los oficiales percibió a lo lejos a otra persona infringiendo el toque de queda. Ellos continuaron su camino mientras algunos carabineros se dirigieron a detener a la nueva figura.
Roberto Vidal escuchó el grito “¡Alto, manos arriba!”, pero, al no estar informado de los acontecimientos, no le prestó mayor atención y continuó su camino hasta que el sonido de una bala siendo engarzada en un fusil lo detuvo en seco. Habiendo realizado el servicio militar recientemente, estaba familiarizado con el sonido del fusil, tras jornadas de armarlo y desarmarlo. En ese momento, se detuvo, fue esposado y llevado detenido para unirse al grupo. Los detenidos de esa jornada fueron siete: Laurencio Vial, Abelardo Villa, Manuel Valdés, Patricio Valdés, Claudio Portilla, Leonardo Amador y Roberto Vidal.
La sombra de la represión: La llegada al Molo
Al arribar al reten de carabineros, Roberto Vidal recuerda que, a diferencia de los detenidos previos, a quienes se les informó que la razón de su detención era la infracción al toque de queda, a él se le acusó de organizar las juventudes de Laguna Verde con armamento y bombas molotov, etiquetándolo como un mirista extremista. Frente a dicha acusación, le exigen firmar la declaración. “Yo les dije que no podía firmar eso porque no era cierto, les expliqué que venía de mi trabajo, que había pasado por casa de mi tío”, recuerda Roberto. Sin embargo, su negativa a firmar resultó en un golpe con la culata del fusil en la espalda, y, al oír cómo cargaban el arma, finalmente firmó.
Roberto conocía bien a los carabineros del retén, ya que la mayoría residía en Laguna Verde, comúnmente asignados al lugar por periodos de 10 a 20 años. Además, su abuela solía llevarles comidas durante el día, y en ocasiones, él mismo era el encargado de entregar las colaciones. Por ello, intentó dialogar con ellos, especialmente con el suboficial Faúndez y el sargento Céspedes. “Yo le dije, mi sargento Céspedes, usted me conoce, mi abuela e incluso yo le he traído desayuno”. Sin embargo, el sargento negó el hecho.
Roberto recuerda que, a su llegada, los carabineros estaban alcoholizados y, sumado a la tensa situación nacional, actuaban de manera irracional. “Tenían a un muchacho arrodillado con el revólver en la nuca, pero como estaba borracho, no era capaz de apretar el gatillo. Lo tenían arrodillado con las manos esposadas”, relató. Roberto les expresó que no había razones para agredir, y tras dialogar, logró que se tranquilizaran.
Ya cerca de las 11 de la noche, una camioneta proveniente de Valparaíso llegó para trasladarlos desde el retén. En la subida de la cuesta de Laguna Verde, Leonardo Amador dedicó un momento para observar la localidad nocturna: “Yo miré Laguna Verde en la noche, pensé que podría ser la última vez que la viera, así que la miré como despidiéndome”. El vehículo descendió por el cerro Playa Ancha para ingresar al molo de Valparaíso. Allí, un significativo contingente de fuerzas armadas, junto con vehículos y buses que traían a detenidos de distintos lugares de la región, se congregaba para ser ingresados en los buques Maipo y Esmeralda.
El Buque Maipo: un relato de represión y sobrevivencia
Al arribar al molo, la camioneta se dirige hacia la punta de este, donde se encuentra el buque Maipo, convertido en un centro de detención de la Armada. Al llegar, los detenidos de Laguna Verde son bajados del vehículo a culatazos, les retiran las esposas y los alinean en fila en el borde del muro del molo, con el barco a sus espaldas. Un batallón de fusilamiento se posiciona frente a ellos, preparándose para disparar. “Yo miraba hacia el mar, para ver si veía gente flotando o muerta, y la verdad es que no había nadie, pero tampoco iba a pensar que era mentira; pensábamos que nos iban a matar”, relata Leonardo Amador. Sin embargo, la orden de disparar nunca llegó.
En este punto, Vidal es separado del grupo y un marino le coloca un fusil en la mejilla, disparando una ráfaga al aire. “Yo dije: de aquí no salgo. Y se te viene todo el mundo encima, y ahí te matan el sentimiento de ser chileno, de amar el himno, porque yo juré defender a mi patria, pero de enemigos, no de mis hermanos”, rememora Roberto.
Alrededor de las 12 de la noche, los detenidos son forzados a subir al Maipo y descendidos a la cuarta bodega que estaba repleta de detenidos. Leonardo recuerda: “Más de mil y tantas personas debe haber habido ahí”. Sin agua, ni comida, ni baños, y en un espacio con piso de acero y maderas a los lados -que funcionaban como rejas- los detenidos permanecían en condiciones infrahumanas, completamente incomunicados y sin saber cuál sería su destino.
Dos días después, el grupo de Laguna Verde es llevado a la superficie en un grupo de 10 personas. Se les ordena moverse en cuclillas y tomar una bandeja, una cuchara y un vaso de agua de un balde. Es la primera vez que tienen la oportunidad de alimentarse desde su detención. Roberto, a pesar de ver excremento de ratas y gorgojos en la comida, comenta: “Pero yo comía una comida tan rica, no sabía cuántos días llevaba sin comer, cerré los ojos”.
Posteriormente, fueron enviados a la primera bodega del barco, un espacio más pequeño que el anterior, donde deben acomodarse como pueden. “Ahí todos éramos solidarios, nos apoyábamos, nos ayudábamos, todos éramos del mismo equipo. Pasaron muchas cosas, abusaron harto estos desgraciados. Arriba había un polvo que era como soda cáustica, nos tiraban y desparramaban todo, nos ardían los ojos, a veces no podíamos respirar”, comenta Leonardo. Roberto añade: “Un día vi a unos muchachos, de entre 15 a 17 años, golpeados, uno me contaba que le pusieron una frazada, la mojaban y le daban lumazos, lloraban sangre, escupían sangre, orinaban sangre. Machucados y eran niños”.
“Aquí pocos se van a ir con vida, decían ellos, porque tienen tantas estrellas”, comenta Roberto Vidal, refiriéndose a los códigos que usaban para los detenidos, donde más estrellas significaban mayor peligrosidad percibida. Aunque estuvieron todo ese tiempo en el buque Maipo, los detenidos fueron testigos de las torturas realizadas en el buque Esmeralda, donde se encontraban las mujeres y los dirigentes sindicales y políticos. “En una oportunidad bajaron a dos en una malla, les habían sacado la cresta en la Esmeralda”, recuerda Amador. Además, señala haber presenciado cómo en la cubierta de aquel barco hacían caminar desnudos a punta de golpes a los detenidos.
En el Maipo estuvieron cinco días cautivos, sin saber cuándo ni en qué condiciones iban a terminar. “Recordábamos lo que habíamos escuchado de otros golpes o persecuciones de los comunistas en otras épocas, y no teníamos idea de lo que nos iba a suceder, así que ahí la incertidumbre. La verdad fue triste y penoso”, relata Leonardo. Al quinto día, se ordena realizar una fila con los detenidos por toque de queda, y en ese momento comienzan a liberarlos. Les dan la oportunidad de recoger un cinturón y les advierten que deben tener cuidado porque podrían ser detenidos de nuevo en cualquier momento.
El último día, Roberto es llevado a la superficie para ser interrogado. En esa ocasión, el oficial le entrega los nombres de todos los miembros de su familia, revelando que sabían sobre la militancia de algunos de ellos e incluso que estaban al tanto de que uno de sus tíos había realizado jornadas de cine sobre la revolución cubana en la calle Galvarino de Laguna Verde (actividad que tuvo en una ocasión la asistencia de Salvador Allende y su esposa Hortensia Bussi). Pese a la información entregada, el oficial le manifiestó que saben que él no es mirista, culpando de aquella acusación primigenia a los carabineros que lo habían apresado. Es ahí cuando lo liberan.
El grupo de laguninos detenidos es liberado el día en que el buque Maipo zarpó en la noche con rumbo a Pisagua, donde muchos de los detenidos serían asesinados o pasarían a ser detenidos desaparecidos hasta el día de hoy.
La liberación y las secuelas de la represión
Cuando liberan a Roberto Vidal, apenas queda una hora para el toque de queda. Al descender del barco, inicia una carrera frenética a través del molo para evitar más peligros, mientras los marinos gritan y disparan al aire. Tanto Leonardo como Roberto coinciden en que el trayecto desde el buque hasta la salida parecía interminable. Leonardo Amador logró llegar hasta la altura del astillero Las Habas, haciendo señas en el camino con la esperanza de que algún vehículo lo transportara, ya que quedaban 30 minutos para el toque de queda. Finalmente, alguien se detiene y lo llevó hasta el cerro Playa Ancha, donde tenía algunos conocidos.
Al llegar a la zona del parque Alejo Barrios, Leonardo se baja y se dirige a la casa de su amigo Jaime Ortiz. Este estaba informado sobre la condición de detenidos en la que se encontraban algunos trabajadores de la termoeléctrica, ya que la madre de Amador había recorrido diferentes centros de detención buscando a su hijo, desconociendo que los buques también se estaban utilizando para tal fin. Al día siguiente, Leonardo Amador pudo reunirse con su madre y regresar a Laguna Verde, intentando retomar su trabajo de la manera más normal posible. El toque de queda no les otorgaba muchas libertades, por lo que las reuniones con amigos eran limitadas.
Por otro lado, el oficial de la Armada había ordenado a Roberto que, al llegar a Laguna Verde, se presentara ante el encargado de la Armada en la localidad, quien en ese entonces era el capitán Bazán. Es en este momento cuando un trabajador de la termoeléctrica lo increpa, manifestando que deberían haberlo matado por ser de ideología comunista. Este altercado solo se detiene cuando el capitán amenaza con detener al agresor.Este incidente no sería un hecho aislado, ya que, en el mes siguiente a la detención, Roberto manifestó que el trato de algunos vecinos cambió hacia él, e incluso los carabineros continuaron con la persecución: “Cuando iba a la pulpería, tomaban la harina, el azúcar, los fideos, y los revolvían en la carretilla”.
En ese tiempo, el jefe de la termoeléctrica era don Raúl Iturra, quien, según los trabajadores, fue una persona que defendió a sus empleados en todo momento, apoyándolos en cada ocasión que fue necesario. El 2 de octubre, Roberto emigró para vivir en Valparaíso, y no volvería hasta 1989.
El segundo grupo de detenidos
Dos semanas después de la liberación de los detenidos el 11 de septiembre, a las 7 de la mañana, se inician nuevas detenciones en el campamento de Chilectra en Laguna Verde. En esta ocasión, el grupo de detenidos fue trasladado al buque Lebu, que había llegado para reemplazar al buque Maipo después de que este último zarpara con destino a Pisagua. Las acusaciones formuladas contra ellos incluían trabajar clandestinamente en actividades vinculadas a la Unidad Popular. La mayoría eran trabajadores de la termoeléctrica, además de un profesor de la Escuela de Laguna Verde.
Las interrogaciones a este grupo se llevaron a cabo en el cuartel Silva Palma, un centro de detención donde operaba el Servicio de Inteligencia Naval, siendo trasladados cada vez que era necesario. Todos los detenidos fueron liberados aproximadamente una semana después de su detención inicial.
Detenciones en años posteriores: un clima de intranquilidad persistente
Los primeros años de la dictadura en Laguna Verde estuvieron lejos de ser pacíficos. Tras las detenciones iniciales en las semanas posteriores al golpe de estado, en 1976, un grupo de agentes de la Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) llegó al campamento de Chilectra para efectuar nuevas detenciones. Nombraban a los individuos y luego los subían a sus automóviles, que, según recuerda Leonardo Amador, eran de marca Peugeot.
En aquel año, la termoeléctrica estaba fuera de servicio, por lo que Leonardo Amador había sido trasladado al taller del campamento, donde se realizaban labores de carpintería, gasfitería, abastecimiento de la pulpería y cualquier otra tarea que requiriera mano de obra para beneficio del lugar.
Aquel día, Leonardo estaba en la pulpería junto a Marcelo Forch, quien en ese momento era el agregado militar de Laguna Verde. Forch era un militar retirado que había respondido al llamado de la junta militar para ayudar a establecer el orden. A las 10 de la mañana, un agente de la DINA ingresó al lugar preguntando por Leonardo Amador, pero sin identificarse directamente como miembro de esa entidad de inteligencia. A pesar de la solicitud del agregado militar de obtener más información, se le informó que estaban realizando labores a un nivel diferente al suyo. Leonardo Amador, junto con otros trabajadores, fue detenido y trasladado en el vehículo de los agentes a la parte alta de la localidad, específicamente a la zona conocida como la casa blanca. En este lugar, con los ojos vendados, los detenidos comenzaron a ser interrogados y amenazados.
Las interrogaciones se centraron en conocer sus rutinas diarias y obtener información sobre las reuniones que se llevaban a cabo en la sede del club deportivo de los trabajadores de Chilectra. “Nosotros íbamos a jugar al dominó, era lo que más hacíamos. Cada uno se preocupaba de su casa, yo ya estaba casado, así que uno sembraba, tenía su chacrita y en la noche se entretenía en la sede jugando al dominó y tomando un traguito”, relata Leonardo.
Los agentes los acusaban de realizar reuniones con fines políticos partidarios y de estar esperando armas, algo que carecía de pruebas. Por lo tanto, después de golpear a algunos, quienes se resistieron más, fueron devueltos al retén de carabineros. Esta fue una de las últimas detenciones que se realizaron en la localidad, aunque la sensación de amenaza era constante, ya que los carabineros tenían muy claro quiénes eran los trabajadores de izquierda.
Laguna Verde: un lugar de memoria inquebrantable
Leonardo Amador y Roberto Vidal convergen en una realidad: lo que experimentaron es indeleble, marcándolos profundamente con visiones y sufrimientos que perdurarán toda la vida.
“La historia juzgará, en mi opinión personal, a estos desgraciados. Pinochet y su régimen abusaron excesivamente del país. Asesinaron a mucha gente inocente, torturaron a personas que no estaban involucradas, fueron sádicos y se aprovecharon. Somos del mismo país, somos hermanos. Te extraían de tu entorno, te buscaban, te torturaban y te asesinaban sin más. Fue un abuso tremendo lo que hicieron”, reflexiona Leonardo.
En cuanto a las secuelas de lo acontecido, Roberto Vidal pasó mucho tiempo bajo tratamiento psiquiátrico. Insiste en que, hasta hace un par de años, dar una entrevista habría sido imposible. Hoy, finalmente, se siente preparado para hablar sobre lo sucedido: “Viví 45 años en la oscuridad de mi vida. Tenía 29 años cuando me llevaron, estaba en mi juventud y lo perdí todo. No sé cómo viví esos años, de repente me asaltaba la locura, casi mato a mi mujer, a mi hijo, a mi suegro, a mi hermano. Pero gracias a la psicóloga, he estado bien durante los últimos tres años, sin medicamentos. Soy un ser humano que ha renacido a la vida”.
Ambos relatos, coinciden en la importancia de preservar la memoria de lo ocurrido, para que la localidad conozca lo que sucedió durante la dictadura en Laguna Verde y, armados con ese conocimiento, se aseguren de que la historia no se repita. “Espero que esto no vuelva a ocurrir, porque no quiero ver sufrir a la juventud. Si la riqueza es lo más cochino que hay, a ellos no les importa que el pueblo muera. Incluso Bernardo O’Higgins fue traicionado por la riqueza”, afirma Roberto Vidal.
“Dicen que la historia nunca se repetirá y se repitió. Y quizás, si el futuro se parece en algo, lo vuelvan a hacer, y eso será por la derecha, por el dinero. Siempre se va a perjudicar al pobre y al trabajador”, concluye Leonardo Amador.
Bibliografía:
Hidroeléctrica El Sauce: un patrimonio olvidado. (2014, 20 noviembre). Museo de Placilla. https://museodeplacilla.wordpress.com/2014/10/23/hidroelectrica-el-sauce-un-patrimonio-olvidado/
Nuestra historia | AES Chile. (s. f.). https://www.aeschile.com/es/nuestra-historia

